JMJ 2016

Cracovia 2016. Un viaje de 13 días en autobús pero que han dado un gran fruto.

Por una parte a nivel de grupo. Esta vez no íbamos solo “los de la parroquia” sino que realizábamos dicha peregrinación junto a los Franciscanos Menores Conventuales. Aunque pudiera parecer que nosotros éramos los ‘acoplados’ al viaje, desde el minuto uno nos acogieron muy bien y rápidamente formamos una pequeña familia que se apoyaba en los buenos y malos momentos durante la peregrinación. De esta forma, nos permitió abrirnos a nueva gente y crecer como grupo.

Asimismo, a nivel personal, ha sido una gran experiencia de acercamiento a Dios para todos. Hemos podido disfrutar de muchos momentos de fe tanto en el Vía Crucis que vivimos en Błonia como en la Vigilia del Campo de la Misericordia donde el Papa nos invitaba a dejar de ser jóvenes-sofá y jóvenes jubilados y darnos cuentas que somos la clave de cambiar el mundo a través de las Obras de Misericordia.

Vivir una JMJ siempre es una experiencia que te llena por dentro. La anterior JMJ que habíamos vivido fue la de Madrid donde, a parte de ser más pequeños, éramos voluntarios y eso te impide vivir de una manera más profunda cada momento ya que tienes cierta responsabilidad; sin embargo, esta vez, yendo de peregrino puedes aprovechar al máximo cada minuto, cada rato de silencio o cada conversación que entablas con otro peregrino que acabas de conocer. Porque la JMJ también permite ver que nosotros, como jóvenes creyentes, no estamos solos sino que hay muchos más jóvenes que comparten los mismos ideales, valores y una misma fe, y eso, para momentos de flaqueza, es bueno tenerlo en cuenta.

Si tuviesemos que quedarnos con algún momento de esta peregrinación sería con dos: el primero de ellos, en la plaza principal de Cracovia donde improvisamos un corrillo y empezamos a cantar todo tipo de canciones y poquito a poco se nos fueron uniendo más y más peregrinos de distintas nacionalidades y países y, a pesar del cansancio del día, todos seguíamos con energía y una sonrisa cantando y bailando. Fue un momento donde se pudo sentir a Dios en cada uno de nosotros formando una pequeña familia pero con muchas cosas en común. Y en segundo lugar, el momento de la Consagración de la misa del domingo en el Campo de Misericordia. Esa mañana hacía muchísimo calor y todo el mundo estaba casi más pendiente de buscar alguna sobra o maneras de refrescarse que de la propia misa pero en el momento de la consagración, todo el mundo, incluso los que parecían estar desconectados de la misa, se arrodilló para orar y se produjo una paz y un silencio sobrecogedor.

Después, con la vuelta a la rutina, esperamos que todo lo que vivimos no se quede en un mero recuerdo sino que lo llevemos a la práctica y no seamos jóvenes jubilados sino jóvenes activos con ganas de cambiar el mundo.